Historia

Recadero y el Concilio III de Toledo: un capítulo decisivo en la … – Muy Interesante


Recaredo obtuvo el trono visigodo sin grandes problemas en el año 586, tras haber sido asociado al mismo por su padre Leovigildo. Juan de Biclaro relata en su Cronicón que el rey decidió convertirse al catolicismo diez meses después de haber asumido la responsabilidad del gobierno en solitario. Y el anónimo autor de la conocida como Crónica de Fredegario añade que se bautizó secretamente en el año 587. 

Llegado a este punto, el monarca se dispuso a culminar la política de unificación religiosa de su reino, que había sido iniciada durante el reinado de su padre, pero esta vez bajo el credo católico. A este fin, decidió celebrar el 8 de mayo de 589 el Concilio III de Toledo, convocando al mismo a los obispos y a algunos otros representantes del clero católico con el objetivo de que lograsen llegar a un acuerdo que propiciase la integración de ambos cleros.

Hacia una nueva confesión: el cambio religioso

Si nos atenemos a la información que aporta Gregorio de Tours, el rey propuso un debate entre las partes sobre la naturaleza de la verdadera fe, que se decidiría en función de la capacidad de los contendientes para la realización de «milagros». Los católicos, al parecer, mostraron su superioridad y fueron proclamados justos vencedores. 

Posteriormente, el rey se reunió con la jerarquía nicena y fue instruido sobre el dogma trinitario, momento que aprovechó para profesar públicamente su nueva fe y hacer al mismo tiempo un llamamiento a godos y suevos (estos últimos arrianos supuestamente «por obligación» tras la conquista de su territorio por parte de Leovigildo) para que se adhiriesen también a la fe católica.

«Recaredo, en el primer año de su reinado, en el mes décimo, se hace católico con la ayuda de Dios, y, después de dirigirse a los sacerdotes de la secta arriana con una sabia disertación, consigue que estos se conviertan a la fe católica por la razón más que por la fuerza, y hace volver al pueblo de todos los godos y suevos a la unidad y paz de la Iglesia cristiana. Las sectas arrianas por la gracia divina vienen al dogma cristiano». (Juan de Biclaro, Cronicón, 84, trad. F. M.ª Fernández Jiménez).

Primer Concilio de Nicea (325). Foto: ALBUM

Se hizo entonces evidente la fractura existente entre los integrantes de la nobleza goda. Por una parte, un sector proarriano apegado a las tradiciones y costumbres tribales; por otra, un grupo proniceno favorable a los cambios y a la transformación del pueblo godo en una monarquía territorial de corte romano. 

Algunos obispos arrianos como Sunna en Mérida, Uldila en Toledo y Athaloc en Narbona, promovieron incluso revueltas y levantamientos que fueron apoyados y aprovechados por una parte de la nobleza goda contraria a los nuevos principios políticos y religiosos adoptados por la corte toledana para socavar las bases de la propia monarquía. 

La presencia de destacados obispos de la Iglesia arriana confería legitimidad ideológica a estas insurrecciones, revistiéndolas con el noble fin de la defensa de la fides gothica frente a la romana. Aun manteniendo — como al parecer estaba previsto—, sus cargos dentro de la jerarquía eclesial, muchos obispos arrianos se oponían a la adopción oficial del catolicismo en todo el reino porque, en definitiva, perdían poder frente al episcopado católico.

La asamblea conciliar

Las principales fuentes sobre el trascendental Concilio III de Toledo son sus propias actas y las noticias que sobre él aporta el cronista biclarense. 

Pero no hay que olvidar que este estaba fuertemente impregnado de una visión providencialista que afectó a su percepción de los hechos y propició una narración de tono claramente triunfalista en la que Recaredo aparece descrito como el nuevo Constantino que, siguiendo la estela del emperador romano y su Concilio de Nicea (325), había acabado con la perniciosa herejía arriana en su concilio toledano. 

Incluso más: para Juan de Biclaro había sido el mismo Dios quien había elegido precisamente al rey visigodo para conducir a su pueblo hasta la verdadera fe, llevándolo de su mano a abrazar la doctrina católica. Una idea muy similar aparece en la Historia Gothorum de Isidoro de Sevilla, en la que el obispo hispalense asegura que el acto de conversión de Recaredo al catolicismo fue determinante para conseguir la reconciliación del monarca y de todo el pueblo visigodo con los designios divinos.

Reino burgundio entre 443 (reasentados dentro del Imperio romano como foederati) y 476.. Foto: ASC

El 8 de mayo del año 589, bajo la presidencia del obispo Leandro de Sevilla, se reunió en la sede regia de Toledo un nutrido grupo de próceres llegado desde todas las partes del reino y formado por sesenta y dos obispos, otros representantes del clero católico y algunos nobles godos. 

Durante el discurso de apertura, el propio rey Recaredo hizo el relato de su conversión y el notario regio procedió a la lectura pública del documento oficial en el que constaban la profesión de fe del monarca y la de su esposa, la reina Baddo. Recaredo se había casado con Baddo ese mismo año 589, poco después de su victoria cerca de Carcasona contra los francos de Burgundia, que habían invadido el territorio de la Septimania. 

Aunque en un principio estaba previsto un matrimonio por razones de estrategia política con Clodosinda, hermana del rey merovingio de Austrasia Childeberto II, este no llegó a celebrarse por motivos desconocidos para nosotros. El origen godo de Baddo pudo ser determinante para su elección, pues podía calmar los ánimos de la enardecida aristocracia arriana, que se había sentido gravemente ofendida con la conversión del monarca al catolicismo. 

La boda lograba a un tiempo dos objetivos: el apoyo de la nobleza de origen romano y el de la poderosa Iglesia católica, a la que el rey dotó con generosidad para la fundación de iglesias y monasterios en todo el territorio de su reino. 

Finalizada la lectura del documento, los padres conciliares declararon oficialmente falsa la doctrina arriana y rememoraron los cuatro anatemas que habían sido establecidos en los cuatro primeros concilios ecuménicos: en el de Nicea (325) contra Arrio; en el de Constantinopla (381) contra Macedonio; en el de Éfeso (431) contra Nestorio; y en el de Calcedonia (451) contra Eutiques y Dióscoro. 

Pero sagazmente no hicieron alusión alguna al Concilio II de Contantinopla convocado por el emperador Justiniano en el año 533 porque las decisiones adoptadas en él habían sido contrarias a las posiciones mantenidas por la gran mayoría de las Iglesias occidentales, la hispana entre ellas. 

Es evidente que la fuerte contraposición entre la postura del clero hispano-católico y la del Imperio oriental fue un argumento definitivo en la decisión final del monarca visigodo de rechazar el arrianismo, pues hasta ese momento su profesión arriana se hacía necesaria para mostrar su independencia frente al poder del Imperio oriental.

Childeberto II prometió en dos ocasiones a su hermana Clodosinda a monarcas extranjeros. Foto: AGE

Llegados a ese punto, los obispos, presbíteros y nobles godos presentes en la asamblea profesaron su fe en la doctrina católica, tras lo cual un obispo católico requirió que todos firmasen el correspondiente documento oficial que dejaría constancia de ello. 

En dicho documento se plasmaba además una solemne abjuración de la doctrina arriana y se añadían veintitrés anatemas, entre los que cabe destacar la firme condena de la fórmula dogmática que facilitaba precisamente la conversión del catolicismo al arrianismo, que había sido decretada en un concilio toledano del año 580. 

Lo que llama poderosamente la atención es que, del numeroso grupo de asistentes, solamente ocho obispos firmasen finalmente el acta de abjuración y los correspondientes anatemas. Cuatro procedían de la Gallaecia, tres de Levante y uno había llegado desde la sede de Palencia. 

Aunque existen diferentes hipótesis, cabe señalar que algunos indicios apuntan a que muchos de los padres conciliares podían haberse bautizado con anterioridad al momento de celebración del Concilio siguiendo el ejemplo del rey, que lo había hecho dos años antes, en el año 587.

Las actas del concilio recogen seguidamente una serie de veintitrés cánones en los que se plasman las diferentes medidas concretas tomadas por la asamblea, la mayor parte referidas a cuestiones de disciplina y organización de la Iglesia. Entre estas normas conciliares cabe destacar la plasmada en el trascendental canon 14 que, entre otras disposiciones de signo claramente antijudío, obligaba a bautizarse a los hijos nacidos de matrimonios o concubinatos mixtos, es decir, los habidos entre judíos y cristianas:

«A propuesta del concilio el gloriosísimo señor nuestro mandó que se insertase en los cánones lo siguiente: que no les esté permitido a los judíos tener esposas ni concubinas cristianas […] y si de tales uniones nacieran hijos, condúzcaseles al bautismo […]». (Conc. III Toledo, c. 14, trad. J. Vives).

Este canon establecía por vez primera la conversión forzosa, pues inauguraba una clara desviación de las prácticas habituales de la patria potestas que daba la opción del bautismo, pero no lo imponía. En definitiva, la norma respondía a la voluntad de la jerarquía eclesiástica de instaurar una sociedad unitaria vinculada por una sola fe, objetivo para el que el judaísmo representaba un clarísimo obstáculo. 

El emperador Constantino quemando libros arrianos (h. 1640), por Carlo Magnone. Foto: AGE

A partir del nuevo orden impuesto por este concilio, todo aquel que no se adhiriese a la ortodoxia oficial se convertía en sospechoso de subversión frente a la Iglesia católica y, sobre todo, frente al poder regio.

Alianza y tensión entre poderes

Todas las medidas decretadas por el concilio fueron posteriormente confirmadas mediante un edicto real (lex in confirmatione concilii) que les otorgaba valor de ley civil y, con ello, el respaldo de la autoridad regia. De hecho, el edicto real hacía constar expresamente la clara advertencia de que todo el peso de la justicia caería sobre los infractores (principalmente arrianos y judíos). 

Al mismo tiempo, con este edicto, el monarca visigodo —rex christianissimus— reclamaba para sí el derecho a erigirse en cabeza de la Iglesia católica visigoda —rector Ecclesiae— por delante de los obispos de mayor peso e influencia como Masona (obispo de la sede emeritense), Eufemio (primado de la sede toledana) o, sobre todo, el propio Leandro de Sevilla, presidente y auténtico inspirador de la reunión conciliar, que había hecho referencia en su homilia in laude, pronunciada en la clausura del concilio, al venturoso proceso de conversión del pueblo godo para mayor gloria de la Iglesia católica.

«¡Qué dulce es la caridad, qué agradable la unidad! […] no predicas otra cosa que la unión de las naciones, no suspiras sino por la unidad de los pueblos […] Por lo cual no dudemos que todo el mundo puede creer en Cristo y reunirse en una sola Iglesia». (trad. J. Vives).

A lo largo de la celebración de la asamblea conciliar el poder religioso del monarca se había puesto de manifiesto en el hecho de que había sido él quien había firmado en primer lugar las actas del concilio y también en que en uno de sus discursos ante los padres conciliares había declarado que desde ese momento asumía personalmente la obligación de todo príncipe cristiano de ocuparse, no solo de los aspectos temporales derivados de su gobierno, sino además de aquellos espirituales encaminados a procurar la salvación de su pueblo. 

En este sentido, no habría que olvidar que según la antigua máxima cuius regio, eius religio, es decir, «la religión de un país es la de su príncipe», el rey Recaredo podía ser un «espejo» cuyo ejemplo bien podría ser seguido por su pueblo.

En realidad, se estaba haciendo evidente una «pugna» entre el monarca y los prelados católicos más importantes de su reino. Ciertamente, la jerarquía eclesiástica elogió convenientemente la labor apostólica de Recaredo, reconociendo el papel trascendental que había tenido en la conversión de su pueblo, por lo cual consideraba que se había ganado la gloria terrenal y también la eterna. 

El rey visigodo Sisenando (m. 636) ante el IV Concilio de Toledo. Foto: ALBUM

Sin embargo, Leandro no dejó de atribuir el mérito real a la Iglesia, utilizando hábiles argumentos teológicos para reforzar su postura. Para el poderoso obispo hispalense Cristo era el verdadero artífice de la unidad en la fe católica de los visigodos, pues había dado su vida por el pueblo y además para «congregar en una grey a los hijos de Dios que estaban dispersos». 

En sus propias palabras, la Iglesia católica era el «monte firme y la piedra angular de la casa de todos los cristianos». En definitiva, sin aludir jamás al rey, el obispo de Sevilla reivindicaba enérgicamente la superioridad y la autoridad moral de la Iglesia. En este sentido, es muy significativo que el papa Gregorio Magno concediese a Leandro el «palio» por su decisiva intervención en el proceso de conversión de los arrianos.

Sociedad unida por la Fe

La conversión de los visigodos al catolicismo inaugura el concepto de societas fidelium Christi acuñado por Isidoro de Sevilla (Sententiae, III, 49, 3): un cuerpo unitario de súbditos vinculados firmemente por una fe común. Además, los fundamentos políticos en los que se sustentará el reino a partir de este momento tendrán como fuente última de legitimación a la Iglesia católica. 

De hecho, Recaredo afirmaría entonces que todos sus esfuerzos estarían encaminados a favorecer a su Iglesia. Este novedoso principio de la unidad del reino en la fe quedará reflejado con total claridad en el Concilio IV de Toledo del año 633. 

La teoría política sobre la legitimacón de la monarquía visigoda, que transforma al rey en guía y mediador entre su pueblo y la divinidad, e identifica sus intereses con los postulados doctrinales de su Iglesia, será cuidadosamente formulada y desarrollada con posterioridad por Isidoro de Sevilla, hermano de Leandro y su sucesor en la sede episcopal hispalense. 



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Gabriel Molina Duran

Sumergido en el océano de las palabras y el arte de la creación, soy Gabriel Molina Durán, un Experto en Elaboración de Contenidos que da vida a ideas y las moldea en historias cautivadoras. Mi formación en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria nutrió mi pluma con el néctar del conocimiento. Como un alquimista de las letras, mis escritos se despliegan desde las problemáticas ambientales hasta los senderos de la educación y el aprendizaje, desde los engranajes del mundo empresarial hasta los anales de la historia y los secretos de la salud. Con una pasión que late en cada línea, me sumerjo en el mundo del fitness, donde la vitalidad se convierte en tinta. Cada palabra es un lienzo de autenticidad, tejido con el hilo de la transparencia. Te invito a acompañarme en esta travesía donde las letras se entrelazan para formar historias cautivadoras, donde el aprendizaje es un faro y donde la salud y el bienestar son nuestro lema.

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