Música

En entrevista con Joe Bataan, la leyenda viviente de la música latina – Vogue México y Latinoamérica


Cerca de la mitad de The Score, el último disco que grabarían Lauryn Hill, Wyclef Jean y Pras Michel como Fugees (el trío que revolucionó la manera de hacer hip hop) se encuentra Family Business, una canción que, entre muchas otras cosas, retrata la difícil vida en las calles y la desolación de su contexto a través de versos tan letales como ingeniosos. Poco antes de terminar, la canción deja escuchar el inicio de Gipsy Woman, una canción que forma parte de una historia musical tan fascinante que parece una especie de milagro escucharla treinta años después en un sampler dentro de uno de los discos más importantes para la historia de la música.

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La canción, la primera en el repertorio infinito de Joe Bataan como músico, productor, cantante y compositor, fue lanzada en el año de 1967, en medio de la sensación del boogaloo, aquel desaparecido género musical que algún día el timbalero Jimmy Sabater describiría como ‘una forma temprana del rap’ y que simbolizó la primera gran interacción artística entre latinoamericanos y afroamericanos en el hervidero del Nueva York de la época. Con ese cover en clave tropical a Curtis Mayfield, Joe Bataan –autonombrado afrofilipino por sus raíces negras y asiáticas– comenzó una carrera que lo llevaría a crear uno de los catálogos musicales más extensos que se recuerden y, al mismo tiempo, una de las historias más injustas en una industria musical llena de historias injustas.

Mauricio Guerrero Martínez

Conversamos con Joe Bataan, una leyenda viva de la música latina.

‘Así fue como compré mi casa’, me dice el mismo Bataan en un edificio de la avenida Reforma de la Ciudad de México cuando le pregunto por ese sampler en la canción de los Fugees. ‘Un día alguien me dijo que me había escuchado en un disco nuevo y se me hizo imposible porque en ese entonces llevaba mucho tiempo sin grabar. Fui a una tienda, compré The Score, llegué a casa, lo puse y en la séptima canción escuché a Lauryn Hill y después Gipsy Woman’. Hoy recuerda el momento como una de esas historias en las que uno sale victorioso, pero cuando lo vivió fue todo lo contrario. ‘Estaba seguro que eso no se podía hacer, aunque todos me decían que esos grupos lo hacían con todos los artistas’. El momento es una fotografía: la segunda década de los años 90, en la segunda era dorada del rap, un universo que le debe su vida a la escucha y recontextualización de un pasado musical lleno de fertilidad.

La historia tiene un desenlace optimista: entre negociaciones vía telefónica se logró una restitución por el uso de la canción en un disco que, hasta entonces, había vendido más de 14 millones de copias alrededor del mundo. ‘El cheque llegó en el correo, compré una casa y hoy esa casa tiene un valor de un millón de dólares’, afirma Joe con una sonrisa dibujada en el rostro, ‘Todo el dinero que hice en mi vida lo perdí en apuestas y en drogas, nunca guardé nada. Esa fue la primera vez que hice algo con él y compré una casa’.

Hablo con Joe Bataan en el marco de Latinos Con Soul, un festival de música organizado por Discodelic y El Disco Es Cultura en la Ciudad de México que celebra la existencia del latin soul, una de las ramas de la música latina que tiende a ser olvidada por muchas de las personas que aplauden la hegemonía latinoamericana que se ha vivido en los últimos años sin mirar atrás. En una noche lluviosa y con las luces que iluminan una de las avenidas más emblemáticas de la ciudad, el octogenario Joe Bataan demuestra en su primera visita a la capital mexicana –después de tocar hace décadas en un crucero en Ensenada– tener una memoria envidiable llena de recuerdos puntuales. Hoy, a más de cincuenta años de haber lanzado aquella canción emblemática, parece que por primera vez su música está encontrando la justicia que se le había negado por décadas.

‘Es emocionante porque tal vez hace 30 o 40 años no tenía idea de que mi música se escuchaba en todo el mundo’, me dice todavía con un dejo de sorpresa que parece no salir de su mente, ‘Tuve que aprender a usar el internet y gracias a eso me di cuenta de que mi música estaba en Australia, en Japón, en México y me sorprendió mucho’. Uno puede entenderlo, por décadas la música de Bataan ha permanecido dentro de un culto especial, apreciada por coleccionistas y cada vez que tuvo la oportunidad de acariciar la fama, la vida tenía otros planes para él. ‘Es el chico ordinario que buscó independencia y control creativo en una industria que explotó sus talentos y que solo lo trataba como propiedad’, escribió recientemente el historiador Pablo Yglesias para describirlo a la perfección.

Una reedición de Gipsy Woman se encuentra sobre la mesa durante nuestra conversación. ‘No voy a mentir, a veces lloro cuando escucho este disco porque sé todo lo que tuve que pasar para hacer esto que era mi sueño’, dice mientras lo explora con un sentimiento especial, ‘Era un joven que no era de dinero, venía de un barrio pobre, me metí en problemas y fui a dar al reformatorio. Dios debió tener su mano conmigo porque me enseñó a escapar, a no ser un títere, un cuero. Tuve la oportunidad de ver el otro lado y creo que el gran jefe quería que cambiara de vida. Y fue lo que pasó’.

‘Ahora miro hacia atrás y recuerdo todo eso. Estaba muy emocionado el primer día cuando me dijeron que iba a grabar ese disco y que todos iban a escucharme. Nunca me canso de mi música, no voy a mentir. Escucho mis propias canciones y me pregunto quién hubiera pensado que después de 50 o 60 años la gente iba a seguir escuchándola. Hay quienes creen que es nueva, muchas personas no me conocen y llegan a encontrar mi música. Cada día tengo nuevos fans a pesar de que siempre fui underground. Joe Bataan es underground’.

Cuando lo dice lo hace con orgullo, uno que solo puede venir de alguien a quien le ha costado toda una vida lograr hacerse escuchar. El comienzo de su historia es bien sabido: una figura muy conocida en el mundo de las pandillas neoyorquinas que inspiró West Side Story y que, por azares del destino, terminó en el reformatorio juvenil en donde aprendió a tocar el piano de manera autodidacta imitando los movimientos de los dedos de Eddie Palmieri para salir a formar una orquesta musical, como lo retrata el investigador Juan Flores. ‘Si querías saber lo que estaba pasando en las calles, escuchabas a Joe Bataan’, dijo el bajista Andy González en alguna entrevista. Con una sonrisa un poco más grande el mismo Bataan me lo deja claro: ‘Yo soy el cantante de la calle’.

Después de ese primer disco, editado por Fania Records, la disquera hegemónica de aquella época y con la que Joe Bataan comenzaría a cuestionar las prácticas de la industria musical, vinieron algunos más: Subway Joe y Riot! en 1968, Poor Boy en el 69, Singin’ Some Soul en el 70 y Mr. New York & The East Side Kids en el 71. Todos ellos llenos de un sabor agridulce que lo llevaron a comenzar una lucha en contra de los poderes que lo manejaban todo. Hoy lo recuerda con más optimismo: ‘No me importaba [lo que hacían]. Joe Bataan siempre se quedaba atrás, siempre que había una oportunidad para mí algo pasaba y se esfumaba. Pero ahora sé que fui bendecido porque muchas de esas personas ya no están aquí y yo tengo 80 años y sigo caminando como si tuviera 22. Así que si me preguntaran ‘¿qué quieres? ¿mucho dinero y fama o estar aquí mucho tiempo?’ yo elegiría estar vivo mucho tiempo’. Su voz se siente como la de alguien que por fin logró encontrarse como persona, ‘Cuando lo veo así soy un hombre rico. Tal vez no tenga mucho dinero, pero soy rico porque fui rico desde el día en que nací. Dios me bendijo y yo no sabía lo que iba a pasarme hasta que muchas cosas en mi vida sucedieron y me hicieron cambiar. Y ahora puedo ver que mi mensaje es importante para la gente’.

Mauricio Guerrero Martínez

Joe Bataan habla sobre su historia y su legado para la música latina.

Tras su paso por Fania, la batalla de Bataan era hacerse escuchar incluso si tenía todo en su contra. ‘Debes recordar que Joe Bataan siempre fue una persona agresiva’, me recalca, ‘Fui el primero en dejar a Fania y hacer las cosas por mi cuenta. Trataron de castigarme, quitaban mis canciones de la radio pero nunca me rendí. No importaba con quién fuera, peleé con las pandillas, peleé con la mafia, peleé con la industria discográfica y gracias a dios pude sobrevivir porque sigo aquí. Todas esas personas y todo el dinero que hicieron desaparecieron’. Es una reflexión que hace cuando le pregunto sobre Ghetto Records, la disquera que creó para remar contracorriente y en la que se grabaron discos perfectos de personajes como Eddie Lebron, Papo Felix, Ray Rodriguez, Paul Ortiz, Joe Acosta, La Fantástica y Candido y su Movimiento. Aunque fugaz, la vida del sello discográfico fue una de tantas veces en las que, con sus talentos, logró revolucionar la historia de la música.

Por las manos de Joe Bataan han pasado tantos géneros musicales que uno podría asegurar que su vida ha sido paralela a mucha de la historia musical. Cuando trato de explicarle mi teoría solo sonríe y se alista para revelar el secreto de cómo es que convirtió el soul en un emblema latino, cómo le dio al boogaloo una seriedad inesperada, cómo llevó la música disco a los oídos latinoamericanos y, aunque parezca mentira, cómo formó parte esencial en el nacimiento del hip hop. ‘Apenas acabo de descubrirlo’, me confiesa, ‘Cuando era joven me juntaba con todas las personas, era un adolescente pero me juntaba con adultos y cuando me hice viejo me junté con personas jóvenes. Yo trabajo en una prisión con muchos jóvenes, así que siempre me estoy haciendo viejo pero ellos cuando entran siempre tienen 15 años y escucho las historias año tras año. Yo me hago viejo pero ellos tienen la misma edad porque no dejan de llegar. Aprendí de los jóvenes, siempre hay un beat que ellos tienen y cada año algo cambia. Si no estás ahí no entiendes el lenguaje, no entiendes los bailes y no entiendes la música. Así que siempre he sido joven. Todavía uso tenis y tengo 80 años’.

Tomo un momento para dejar de admirarlo y comenzar a observarlo. La música de Joe Bataan ha estado conmigo por tantos años que podría asegurar que es una de las partes más importantes de mi vida. Sus discos han estado presentes en mis peores y mejores momentos, su historia es una inspiración que permanece intacta y sus canciones son un fiel recordatorio de quién soy y a dónde pertenezco. El tracksuit que lleva puesto de manera impecable, acompañado por una sofisticada boina y los tenis que menciona parecen decir que él no miente. Pero tal vez no es juventud eterna, sino más bien una empatía que casi no es perceptible en el mundo glamoroso de la música. Con ella ha logrado unir a tres generaciones de personas, una labor de la que muy pocos pueden presumir ahí afuera y que, de alguna manera, habla de la atemporalidad de su música y de cómo permanecerá inmortal cuando todos hayamos dejado este mundo.

‘Es un sentimiento indescriptible’, me confiesa cuando le hago saber que por sus discos han pasado jóvenes, adultos y adultos mayores en las mismas cantidades, ‘Veo a una generación dar paso a la siguiente y los jóvenes de esa generación tienen tatuado mi nombre en sus brazos. Nunca me han visto en vivo pero me conocen. Me dicen que sus padres o sus abuelos les enseñaron mi música. Miro a la gente cuando va a verme por primera vez en vivo y quedan asombrados. Luego cuando escuchan mi historia piensan: ‘Joe Bataan es el cantante. Yo podría hacer lo que él hace, pero la diferencia es que él lo está haciendo, así que mejor escucho’. Y aprenden.’

Es una sensación que hemos tenido todos al escuchar sus canciones. La misma que lo ha llevado a resucitar en diferentes ocasiones, no solo a través de samplers o de compilaciones, sino también con nuevas grabaciones que lo han mantenido tan vigente como en sus primeros años. ‘Si eres un coleccionista, seguro sabes quién es Joe Bataan, pero el mainstream nunca supo porque no tuve las mismas oportunidades que gente como Elton John o The Beatles. Yo llegué por el camino difícil, a través del boca a boca, de la lengua’.

Así fue como grabó Call My Name, un disco editado en 2019 por la disquera española Vampisoul poco antes de que la gran plaga hiciera su aparición. ‘Daniel Collás se acercó a mí después de un concierto, se ofreció a grabarme en un pequeño estudio en Brooklyn y le di mi número’, me dice recordando un momento que lo trajo de regreso al juego de la música, ‘Cuando llegué al estudio tenía todas las canciones escritas. Nunca había cantado las canciones de alguien más pero lo hice’. El resultado es un disco hecho por y para Joe Bataan al mismo tiempo, una especie de homenaje a su carrera que también le brindaba un impulso creativo a sus 76 años de aquel entonces. ‘Grabé [la canción] en Daptone Records, donde también grabaron Amy Winehouse y Sharon Jones. Fue análogo. Poco después estaba haciendo 400 entrevistas alrededor del mundo, Call My Name me trajo de vuelta al mapa’. Si alguno de los tantos proverbios que se lanzan a la ligera pueden comprobarse, es que nunca es demasiado tarde y Joe lo tiene muy claro: ‘Toda mi vida siempre regreso. Una y otra vez’.

Es miércoles en esta noche lluviosa y Joe Bataan está de regreso una vez más. Unos meses antes del festival en la Ciudad de México se editó un disco de siete pulgadas con cuatro nuevas grabaciones suyas acompañado por la Orquesta Rene del este de Los Ángeles. La grabación es un momento más de resurrección en su carrera, pero también cierra una historia que se ha venido escribiendo desde hace años con la comunidad chicana. ‘Yo no sabía lo que era ser chicano hace 50 años, pero me explicaron y me dijeron que amaban mi música. Les dije ‘yo no vivo aquí, ni siquiera soy mexicano’ y me respondieron ‘no importa, amamos lo que haces’’, me confiesa sobre una cultura en Estados Unidos que ha adoptado su latin soul como estandarte musical desde hace décadas, ‘Creo que es por las historias que cuento en mis canciones, porque hablan de mi vida. Hablo sobre la calle y agradezco a Dios que tuve la oportunidad de hacerlo. Lo que es más gratificante es que lo sigo haciendo todavía. Probablemente muera haciendo esto porque lo amo. No se vuelve más fácil pero cuando lo hago me olvido de todo’.

‘Hace muchos años en Nueva York nuestra música solo llegaba al área de los tres estados, California era como África. Yo quería ir a Hollywood y me decían que no había nada ahí, que no compraban discos porque no vendían nada. Pero no me importó, llené tres cajas de discos y tomé un avión aunque no conociera a nadie. Ahí conocí a Ray Andrade de Chico and the Man y él me dijo que los chicanos me amaban. La gente toma mis discos y los comparte, porque California tiene las más grandes radiodifusoras que no son comerciales: las radios de las universidades. Todas esas estaciones tocaban Joe Bataan cuando nadie más lo hacía. Después de eso mis discos desaparecieron por un tiempo pero seguían tocándose en las tornamesas de las familias, en los hogares. Cuando la gente limpiaba sus casas ponían mis discos, nunca me veían. Pero veinte años después regresé y todos pensaban que estaba muerto. Así fue como los chicanos revivieron mi carrera’.

Esa relación con la cultura chicana se une a otras que ha logrado crear a lo largo de todos estos años. ‘Mi música es un poco diferente porque hago latin, soul, me clavo, está mezclado. Es emocionante traer a gente de muchos lados: de Filipinas, de Japón, afroamericanos, chinos, latinos, todos vienen a verme’, confiesa antes de recordar una de las revelaciones más grandes que le hayan hecho: ‘Mi retrato está en el Smithsonian y cuando me incluyeron me dijeron: ‘Joe, eres un puente para muchas culturas: tienes a los afromericanos, tienes a los latinos, tienes a los asiáticos’. Eso es casi tres cuartos del mundo’. No parece impensable, la autenticidad de su mensaje es universal, para sentirse acogido por su música no hay requisitos de edad, nacionalidad o cualquier otra cualidad inservible que nos hemos inventado para dividir. ‘Ahora que puedo juntarlos a todos es una bendición porque Dios, el gran jefe, quiere que dé el mensaje’.

‘Me probé a mí mismo. Me pregunté ‘¿es por Fania?’ No, quise demostrar que es por mí. Así que hice Salsoul, hice Ghetto Records, fui a Columbia, a RCA y fui capaz de hacerlo una y otra vez. Eso me hizo sentir orgulloso. Aquí está alguien que vino de la nada, sin maestros porque me enseñé a mí mismo a tocar música y fui capaz de crear algo y construir una vida para mi familia y para mí. Mi legado va a vivir cuando me vaya. Mira cómo es la vida. No tenía idea por qué cuando estaba escribiendo esas canciones pensaba que nadie iba a entender cuando dijera algo como Mestizo, Afrofilipino o Young, Gifted and Brown, que nadie iba a saber lo que trataba de decir. Pero ahora, 50 años más tarde, la gente me dice que cante esas canciones porque se han convertido en himnos de diferentes nacionalidades’.

Es fácil de ver, un concierto de Joe Bataan es algo que no se puede olvidar. Una actuación que contiene historia, sabor, amor y mucho corazón. ‘Cada lugar en el mundo al que he ido tiene diferentes canciones favoritas. En Colombia es El Avión, en Filipinas es Afrofilipino, en California es My Cloud. Todos los lugares son diferentes’, me asegura cuando le cuestiono sobre su capacidad para armar un setlist a partir de un universo infinito de canciones, ‘Puedo ver lo que quieren, puedo ver lo que la gente quiere escuchar. siempre escucho cuando las personas me piden que cante alguna canción y espero haberla ensayado’.

Sin embargo hay una pieza que es una constante en sus conciertos desde que sobrevivió a un ataque al corazón que lo llevó a un estado de coma del que salió avante. ‘Esa la primera canción que siempre toco porque Dios salvó mi vida cuando tuve el ataque al corazón. Desde entonces a donde sea que vaya canto The Prayer y eso abre a las personas. Eso es lo que he hecho durante los últimos 25 años a donde sea que vaya. Él me bendijo y sigo aquí. No sé por cuánto tiempo más pero sigo aquí. Me dio una buena vida, tengo a mi esposa y a mis hijos, viajo a todo el mundo. Estoy viviendo la historia de la Cenicienta’. En vivo la canción toma un sentido más profundo, ya no es solamente una pieza de soul perfecta, sino una especie de manifiesto. Un recordatorio del poder de la música de Joe Bataan ante un mundo que, como él, todos los días está luchando por sobrevivir.

‘Nunca tuve miedo cuando era joven, estuve en las montañas con los indios, en Colombia con el cartel, fui a Rusia con Angela Davis sin pasaporte, fui detrás de la Cortina de Hierro a Checkpoint Charlie y sobreviví. Dios me estaba esperando para tranquilizarme y hacer lo que debo hacer. La canción toca a las personas. Hace 40 o 50 años cuando hice esta canción la gente se preguntaba qué hacía Joe Bataan cantando acerca de rezar, pero algo llegó a mí: tenía que agradecer a Dios por lo que tenía. En ese momento no estaba listo pero aún así hice la canción. Hoy es una de mis canciones más populares en el mundo’.

Miro de cerca su rostro, con arrugas que solo acentúan su historia de lucha y lo hacen ver como uno de esos maestros que parecen tener todas las respuestas cuando uno no entiende hacia dónde ir. Estoy frente a una de las leyendas más importantes de la música latina y, claro, me interesa saber qué opina de una era en la que la latinidad se ha convertido en un artificio más de la industria que tanto le quitó. ‘La música latina ha crecido muchísimo, ya no se necesita ni siquiera la música pop. Los latinos compran los discos’, me dice mientras un bootleg mexicano de su cover a Gil Scott-Heron, una edición venezolana de Saint Latin’s Day Massacre y una reedición gringa de AfroFilipino hacen su aparición en la mesa, ‘Lo que pasó en Nueva York es que ellos querían que la música fuera pura y típica. No querían cambios, querían que todo se quedara en el mood salsa y que no entrara nada más. Así que quitaron la parte del soul y trataron de enterrarla con el boogaloo y todo lo demás’.

‘Ahora ha regresado, quizá soy la última esperanza porque voy a hacer un programa de radio con Vicki Solá y será de Latin Soul. Tal vez no ha pegado porque los Grammys no tienen una categoría para el latin soul. Es una pena. Tienen para todo lo demás, mucha política, pero no para el latin soul. Es muy triste. Tal vez antes de que muera tengan una categoría porque hay mucha música que entra ahí’.

A sus 80 años Joe Bataan no solo sigue ofreciendo conciertos, ni tampoco solo sigue produciendo música, también parece continuar una eterna batalla ante la industria musical y sus inentendibles decisiones. Le pregunto cómo hace para no tirar la toalla y así, sin pensarlo mucho, decide revelarme el secreto para terminar con nuestra conversación: ‘Espíritu, salud y conocimiento. Espíritu: tienes que creer en algo, en un ser supremo; conocimiento: no puedes dejar que un día pase sin aprender algo nuevo; y salud: tienes que cuidar tu cuerpo para poder hacer las otras cosas’. Kurt Vonnegut lo dejó claro en su último libro: ‘Si alguna vez muero quiero que éste sea mi epitafio: la única prueba que necesitaba para la existencia de Dios era la música’… de Joe Bataan, yo agregaría sin pensarlo.



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Ana Silva Cordero

Navegando por las corrientes de la información con pluma en mano y pasión en el corazón, soy Ana Silva Cordero, una Experta en Composición de Artículos que convierte ideas en historias cautivadoras. Mi paso por la Universidad Complutense de Madrid afinó mi pluma con el pulso de la sabiduría. Como una tejedora de palabras, mis escritos viajan desde las noticias internacionales hasta los entresijos de la política global, desde los engranajes de la industria automotriz hasta los horizontes de los medios digitales y, con una pasión que late en mi ser, hasta los compases de la música. Cada palabra es una pincelada en la tela de la autenticidad, entrelazada con la fibra de la transparencia. Únete a mí en este viaje donde las letras se convierten en emociones, donde la política mundial se entrelaza con la velocidad de la industria automotriz y donde los acordes musicales nos guían en cada página.

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