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El ascensorista nazi (Cuentos de sábado en la tarde) – El Espectador


Imagen de referencia: “Superados los años del desempleo después del licenciamiento, y valiéndose del ligero equipaje que carga la pobreza, viajó a la capital para instalarse finalmente en su nuevo lugar de trabajo: un ascensor”.

Foto: Pixabay

Apagó la luz del comedor, con sus cueros y maderas anticuadas del siglo anterior. Iba acercándose flemático al baño para tomarse una ducha, cuando vio la nostalgia enmarcada en la foto de su madre sobre el mostrador del corredor. Fue tomada cuando la obligaron a cocinar para las tropas partidistas, y recordó los ríos de ira por los que vertía esa historia larga de destrucción, simiente de venganza, durante aquellos tres años incesantes de mortandad que dieron parto al siglo XX.

Un reloj viejo de pared ya marcaba las ocho de la noche. No sentía ganas de cenar, el apetito se le congeló con las emociones de crueldad que le produjeron la golpiza de la avenida central, en medio de una oscuridad solo alumbrada por las antorchas de los malevos. Estas reyertas ominosas no eran otra cosa que secuelas demenciales de fanatismos universales, abusadores insolentes de las tinieblas de la incultura. Pero sobre todo era indignante de ese mundo de Aguirre, la absoluta inexistencia de una conciencia elemental sobre el manejo civilizado del odio.

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A las seis de la tarde Aguirre salió apresurado del edificio Cubillos, al costado occidental del Banco de la República. Durante la última semana, escuchó rumores en el elevador de que se fraguaba una movilización ‘pacifista’ de jóvenes burgueses liberales, anarquistas y bolcheviques para ese día viernes. En los últimos días la conmoción se acumulaba, intensa era la zozobra, pálpitos de incertidumbre agarraban del cuello a ciudadanos inermes que de pronto se encontraban atrapados entre gavillas de bellacos. Pero a pesar de estos grupos de asalto, se seguían incrementando las protestas contra los alarmantes avances bélicos del Reich. Gracias a dios el devoto Aguirre pudo dormir tranquilo esa noche. El citado escuadrón de rufianes, de cortes finamente afeitados y armados con cachiporras de metal, llegó puntual al lugar del tumulto. No alcanzaban a imaginarse estos chavales la espeluznante letalidad y contundencia del plan de ataque que cernía sobre Europa, y que pretendía aplastar al mundo.

Ya comenzaba a oscurecer. Caminaba lento por la avenida, encendió un cigarrillo y lo aspiró con lentitud, por la nariz, eso lo calmó. Decidió esperarlos en los billares de la esquina. Iba tranquilo con su expresión glacial. Aguirre recostó los amplios hombros en el muro del billar Exelsior, mientras observaba a la distancia al grupo de jóvenes apacibles, de distintas clases sociales, cantándole sílabas poéticas al desarme y elevando juiciosas pancartas mientras se aproximaban al parque de la Independencia. Aguirre se acarició la prominente barbilla, su rictus adusto, y esperó hasta que aparecieron los esbirros. Efectivamente cuando las inocentes criaturas llegaron al frente de los muros neoclásicos del palacio de San Francisco, una jauría de patanes apareció súbitamente por la carrera inferior, lanzándose con decidida furia sobre los imberbes manifestantes. Tensionó los músculos. Al rato suspiró tranquilo cuando comprobó que la cruenta tropelía arrojaba al piso a jóvenes lacerados e inconscientes por la paliza. La técnica de profundizar el terror contra los desafectos al expansionismo racista del führer arrojaba unos resultados cada vez más implacables.

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Pero la proverbial malquerencia no lo afectaba solo a él, igual atmósfera envenenaba sin clemencia la respiración de toda la ciudad, del país. Se sentía el tormento previo a un movimiento telúrico capaz de avivar un cataclismo. Tanta tensión le provocaba malestar en las sienes, encogiéndole los pliegues de su taimado semblante. Desde que tuvo uso de razón heredó sin controversias la obligación casi arcana de odiar individuos liberales. En la memoria de su territorio ese fue el imperativo que inundó de sectarismo el devenir por tiempos inmemoriales. Era una hilo de sangre que se convertiría con los años en el cauce de su existencia. Ante la resignación agobiante por el culto a la muerte en las montañas del Cauca, morir terminaba por convertirse en una elección para asegurar por lo menos una felicidad celestial.

Ya habían pasado algunos años desde que decidió enlistarse en las juventudes de asalto clandestinas y, para su honor, a los pocos meses de su reclutamiento fue ascendido a cabo de escuadra. Estas fuerzas de asalto conservadoras eran una organización secreta que funcionaba como ejército en la sombra del ejército regular. Eran un vestigio de los ejércitos subrepticios que pulularon en las provincias durante las guerras civiles del siglo XIX. Su preservación fue necesaria para continuar la ‘guerra sucia’ contra las distintas amenazas insurgentes y criminales que atentaban contra la moral católica y conjuraban contra la jerarquía conservadora heredada del colonialismo. Lo cautivaba el vértigo que producía cualquier brizna de poder y sin malgastar un instante de mando efímero, supo demostrar con absoluta ruindad su vileza contra la humanidad de los enemigos neutralizados o indefensos, incluso cuando ya sucumbían impiadosamente por el último estertor.

La precaria estructura mental de Aguirre y su casi inexistente formación cultural lo fueron inclinando con mayor devoción a disfrutar del sadismo autoritario, tanto como si fuese un placer lúdico de la cotidianidad. Sus instintos más primarios encontraban derrotero en los gritos y las órdenes arbitrarias de los superiores. Muy pronto comenzó a disfrutar también oyéndose su voz gritar con la misma alevosía. Durante los entrenamientos de la madrugada vociferaba insultos impensados para su naturaleza campesina, contra enemigos invisibles y desconocidos. Eran lavados mentales que pulían su obsecuente inclinación a obedecer instrucciones fanáticas de quienes él asumía eran seres superiores, dotados de poderes divinos para infundir miedo y trazar el porvenir tortuoso de masas ignorantes.

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Le enfurecía esa palabreja ‘libertad’ que se infiltraba imparable después de la metamorfosis universal producida por la crisis del 29. No soportaba el caos que instigaron los motines generales por la hambruna y la ruina del capitalismo en aquel crac de las bolsas internacionales.

La experiencia en las milicias conservadoras de su pueblo Ulloa le enseñaron a no tolerar el desenfreno popular de masas a la deriva sin un opresor que impusiera el rumbo con vehemencia. Le temía al fracaso y lo intuía siempre que se encontraba envuelto entre turbas desobedientes a los dioses caudillos, prefiriendo lanzarse al despeñadero de la deliberación libre dizque para ‘encontrar su propio destino’. Aguirre ve en esa libertad importada de revoluciones foráneas una amenaza a los cánones sagrados del orden establecido por la tradición católica y política. Prefería las certezas que le producían su culto a la personalidad de superhombres. Maduró convencido de que la única manera de mantener una unidad social era sometiéndose a jefes supremos, profetas del dogma autoritario y regidos por la fe católica.

A Aguirre le daba seguridad poderle dar rienda suelta a su instinto bárbaro para reprimir sensibilidades que no armonizaban con las exigencias de un orden deliberadamente desigual. Permitir la educación o la participación política de las mujeres le parecía un desacato a los principios religiosos de servidumbre en una sociedad donde la jurisdicción verbal debía ser monopolio de los hombres. Su conducta y la de quienes él consideraba sus iguales debía restringirse a cumplir los mandamientos del líder que gobernaba. Lo suyo era obedecer no pensar. Sobre ese pilar de la obediencia casi mística, se sostenía el fundamento que daba sentido moral a la sociedad, a las instituciones totalitarias y por supuesto al cuartel endemoniado donde urdió su sórdida voluntad.

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Extrañamente Aguirre descubrió en el alto gobierno liberal señales de coincidencia con su inclinación patriótica antisemita. Por estigmas heredados creía que la judía era una raza inferior que abusaba de sociedades liberales para ejercer su arrogancia cultural y practicar una usura que desafiaban los privilegios del despotismo. Eran además un pueblo cuyo poco esfuerzo por integrarse minaba las esencias patrióticas del nacionalismo. Eran libertades que arriesgaban la placidez que provocaban el silencio uniformado y la simetría de una masa homogénea, de un cuartel mecanizado, de una república gobernada con la contundencia de atropellos inconfesables. Por eso reconocía como una cualidad inesperada del régimen liberal las decisiones de su canciller López de Mesa, muy ilustrado él, prohibiendo todo ingreso de judíos a Colombia, no importaba cual fuera su nacionalidad. La orden del canciller remitida a los cónsules en Hamburgo, Berlín y Varsovia era perentoria: “opongan todas las trabas humanamente posibles a las visas de nuevos pasaportes a elementos judíos, sean estos rumanos, polacos, checos, búlgaros rusos, italianos.” Esa disposición la mantuvo vigente el gobierno del presidente Eduardo Santos durante toda la guerra, a pesar de que el mundo asistía estupefacto a los titulares de los cables internacionales revelando el asesinato masivo de judíos europeos, mientras aumentaban desesperadamente las solicitudes de inmigración. Más de quince mil solicitudes de judíos europeos, la mayoría alemanes y polacos, se extraviaron entre los crueles despachos de la cancillería anti-semita. Era una pesadilla desconcertante que a Aguirre sí descrestaba porque demostraba que eran posibles las soluciones drásticas de acorralar y liquidar a todo un colectivo humano.

Poco o nada le interesaba a Aguirre indagar sobre las perversiones de su conciencia como ciudadano, porque le temía a los demonios ocultos tras los espejos y consideraba descabellado esa tozudez de políticos liberales de impulsar una arriesgada modernidad de derechos dizque para ejercer la babélica ‘mayoría de edad’. Eran abstracciones que para él no significaban más que una estupidez ignorante de leyes naturales determinantes del escalafón de las categorías humanas. Como bien lo comprobaban todas las demás especies animales, los humanos eran bípedos que también estaban divididos entre dominadores y dominados, así nacíamos, y condenados estábamos por designio superior a pertenecer a uno u otro estamento. Una mayoría estaba condenada a la servitud y cualquier intento por subvertir ese orden atentaba contra las tablas de la ley divina y de la tradición heredada de un vínculo partidista ancestral.

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A lo largo de los cuarenta años de Hegemonía conservadora, Aguirre se hizo hombre y alcanzó a coronar su carrera de militar clandestino hasta llegar al grado de sargento, antes de que se iniciaran los años caóticos de la ‘libertad’ de la República. Él saldría licenciado de los cuarteles clandestinos cuando cayeron en desgracia en el gobierno liberal y se cancelaron los fondos reservados para esas mazmorras. También fueron retirados algunos de sus compañeros superiores, todos idólatras de doctrinas absolutistas que se enfrentaban ahora a una sociedad liberal, transparente. La nueva realidad política, en medio de la guerra mundial brutal del fascismo, asumía los riesgos de despojarse del velo mojigato de la teología medieval para mirar sin miedo al rostro de los humildes y reconocerle también a esas masas su derecho a la libertad y el placer.

Duante los últimos años de aprendizaje en los cuarteles clandestinos, afianzó de la mano de la alta oficialidad una fascinación por el ejército alemán y su fama estelar de poseer una coraza guerrera sin par. En la academia militar en la sombra eran fieles seguidores de la liturgia militar alemana y estudiaban su organización y métodos de guerra como una ciencia ya perfeccionada, prueba del prestigio que superaba a todos los demás ejércitos de las potencias mundiales. Tanta era la admiración de los generales colombianos por los patriarcas del despotismo alemán, que hasta el diseño del uniforme de la guardia presidencial se inspiró en las formas prusianas, incluyendo el casco con pincho de metal bismarkiano. Meses antes de su licenciamiento de las milicias clandestinas conservadoras, Aguirre fue alumno destacado del mayor alemán Hans von Schueler, especialista nazi en cursos de táctica y fortificación. También acceso a la propaganda política alemana traducida por algún coronel de la sombra, entre cuyos títulos se incluían el “Socialismo nacional y no socialismo marxista” y “La Constitución alemana bajo la swástika del Tercer Reich”, textos que eran publicados en la propia revista del Ejército.

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La República liberal invadía el ambiente con un arco iris de esperanza y unos vientos frescos que encantaban a la sensibilidad de las nuevas generaciones. Jóvenes deseosos de vivir una realidad menos retrógrada, más ligera y extrovertida en sus modales, alejada de la moral histérica de la iglesia católica y de las persecuciones militaristas por atreverse a pensar distinto de lo establecido por los mandamientos regeneracionistas. Después de generaciones inmemoriales de analfabetismo, con la enseñanza universal de la lectura se interrumpiría el desmoronamiento inexorable de una república sumida en la tragedia de la más absurda ignorancia. Renacieron los derechos a la libertad de opinión, se derrumbaron los muros de la censura literaria y por fin volvieron a circular libremente los libros y las ideas de los grandes pensadores. Subversivos transgresores como Freud, Marx y Darwin pudieron ser leídos y discutidos en los espacios democráticos impulsados por la naciente universidad pública que brotaba del yugo inquisitorial para dar vida, por fin, a las ideas del conocimiento científico.

Una sociedad espantada comenzaba lentamente a salir del oscurantismo y se atrevía a pensar libremente. Se levantaba adolorida pero decidida a recuperar las piernas de su autonomía, la capacidad de ejercer el libre albedrío desde el respeto al otro en su parecer y condición. Era la celebración de interpretar la realidad a través de los ojos del entendimiento, iluminando las tinieblas del analfabetismo y de la superstición idólatra. La ilusión renacía en las mujeres, en jornaleros y campesinos, cocheros y barrenderos que podrían encontrar en la educación liberal y los libros, la posibilidad de salir de su condición de esclavos sometidos a salarios de hambre, sin alternativas para evitar la decadencia. Ahora podrían luchar con argumentos por su derecho legítimo a un acre de tierra, para cultivar por lo menos los alimentos esenciales de una supervivencia digna.

En las profundidades de ese insólito experimento liberal, en medio de un planeta desgarrado por la tiranía, tras bambalinas Bogotá parecía un tinglado de cuchilleros protagonizando la mítica confrontación entre dioses y serpientes. Era la peste de la diplomacia secreta que muertes incalculables ya había causado en la conflagración de la Gran Guerra y que la frustrada Liga de las Naciones del magnánimo Wilson nunca logró acabar. Los espías de totalitarismos y democracias se asfixiaban en un ambiente de cuervos alborotados augurando la hecatombe. Los servicios de inteligencia alemanes, británicos, japoneses y norteamericanos no solo seguían a pie juntilla los cambios políticos locales, sino que además planificaban todo tipo de simulaciones y estrategias de contraespionaje para procurarse o asegurarse, según fuera el caso, el control determinante del Canal de Panamá. Aguirre escuchaba murmuraciones en el banco que apuntaban al afán del general Yamamoto por destruir el Canal y romper la principal línea de suministros de los Aliados. También confirmó algunos indicios a través de su contacto alemán advirtiendo que la pericia de los aviadores alemanes nazis, fundadores de la aerolínea Scadta en Barranquilla, era la necesaria para acometer un bombardeo de sabotaje contra las esclusas más importantes del Canal que del mar Atlántico conducían al lago de Gatún. Lo emocionaba acopiar estas informaciones que daban la ilusión de una inminente victoria alemana.

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La llegada de la República naturalmente favoreció los intereses de los aliados, aunque dentro del estamento militar persistieron las simpatías y la admiración por la estructura y las formas prusianas del ejército alemán. Comenzaron entonces a surgir sociedades secretas, células clandestinas del fascismo, integradas por simpatizantes militares y civiles de distintas clases sociales, todos absortos ante ese imán trágico que irradiaba el histrión austríaco. Pocos entendían sus falacias retóricas, pero a todos hipnotizaba con sus dramáticas mímicas, con su exagerada e insultante entonación y la fanfarria de unos espectáculos apoteósicos. Aunque el hitlerismo fuese en esencia una secta pagana para saciar el ego de ricachones y amargados europeos, poco le importaban estas contradicciones intelectuales a los fervientes católicos latinoamericanos, también señorones y pobretones, seducidos de igual forma por la pompa del ritual que invitaba a beber la sangre de los condenados. El mundo se impactaba con las movilizaciones de Nuremberg, saturadas de estandartes y música imponentes, todo para enceguecer la razón con el embrujo del rojo espectral. Eran espejismos cautivadores de la conjura germana contra los asesinos de Cristo. La propaganda nacionalsocialista se esparcía como un virus por las entrañas de la alta burguesía reaccionaria y terrateniente y entre los círculos clericales atados a una jerarquía en la que el líder carismático, omnipresente e infalible imponía su única verdad, o su gran mentira.

Una de la ventajas que llegaron con la ‘libertad’ de la República liberal fue la de recuperar los derechos civiles para personas de todas las condiciones, con lo cual se amainaban los vejámenes habituales de allanamientos y detenciones arbitrarias, las requisas ominosas, la confiscación de patrimonios ó las expulsiones de hogares y territorios. Esta recuperación de la tan añorada privacidad le convenía a los planes conspiratorios y al secretismo de fanáticos delirantes como Aguirre. Pasarían unos cinco años después de su licenciamiento de las milicianas clandestinas conservadoras, cuando inesperadamente por tretas de un influyente coronel lo recomendaron ante una empresa de seguridad para emplearse como ascensorista en el edificio del Royal Bank de Canadá ubicado en la transitada avenida Jiménez. Era un trabajo que llenaba sus expectativas de consumado intrigante, porque además de las funciones de vigilante con cachiporra en el ascensor, se fue convirtiendo en hombre de confianza de distinguidos ejecutivos, banqueros, comerciantes, políticos y personajes extranjeros que acudían con frecuencia a las elegantes oficinas y dependencias del banco.

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Se enteraba involuntariamente de confidencias inauditas, sin buscarlas y sin el mayor esfuerzo. Escabullía los ojos cuando sumido entre sus divagaciones escuchaba unas revelaciones íntimas algunas dignas de censura y otras de cárcel. Sentía admiración por la disciplina metódica de las buenas costumbres que lograban los cuarteles y por eso se embelesaba con su nueva tarea de vigilante de la moral pública, convertido en panóptico humano de la delación contra libertinos y desenfrenados que transgredieran el orden prístino.

Aguirre era un tipo arribista que nada de caucásico o de ario podría asomarle por sus protuberantes rasgos mestizos, pero aún así era un racista insoportable. Su identidad desfigurada por los patrones conservadores de hacendados y curas de su natal Ulloa, le legaron un desprecio por etnias y fisonomías forasteras que nunca fueron de su agrado ni de sus amos. Quizás las juzgaba inferiores al estatus de capataz que ya ostentaba su padre en las haciendas algodoneras. En esa región del Valle y del Cauca siguieron existiendo las milicias conservadoras en las que estuvo enlistado, pero ahora durante la República eran aprovisionadas y financiadas por los propios terratenientes para continuar con la segregación y el desplazamiento de poblaciones nativas por su color de piel o su pensamiento político. Era un subterfugio acostumbrado para satisfacer la rapacidad de las élites económicas que incrementaban el inventario de sus expansivas propiedades.

Superados los años del desempleo después del licenciamiento, y valiéndose del ligero equipaje que carga la pobreza, viajó a la capital para instalarse finalmente en su nuevo lugar de trabajo. Consistía en un sofisticado ascensor eléctrico con revestimiento de caoba y destellos terracota, de los que probablemente no habría más de diez en la ciudad. Eran muy pocos los que podían darse el lujo de viajar en semejante aparato tan lujoso y sofisticado. Se acomodaba petulante su cachiporra metálica forrada en cuero siciliano cada vez que saludaba con calculado servilismo a alguno de los distinguidos pasajeros, a veces europeos, exitosos empresarios judíos, orientales, hacendados de la burguesía nacional y algunos norteamericanos que usualmente eran agentes encubiertos del FBI. Sentía tal orgullo con su nuevo cargo, que nada le envidiaba a los poderosos generales comandando batallones o brigadas en guerras inútiles. Muy pronto se dió cuenta de las implicaciones cruciales de su circunstancia ventajosa. Trabajaba en un despacho minúsculo pero estratégico, en medio de un mundo a punto de estallar. Estaba en la cumbre donde los hombres de negocios y políticos movían los hilos del poder y el capital, y eran quienes al final decidían los rumbos de las guerras. Tenía acceso a información privilegiada en ese insignificante espacio. Por qué no aprovecharlo en beneficio propio y convertirlo en un instrumento rentable para su vida privada y para sus intenciones clandestinas de largo alcance. Podría ser la oportunidad para ocupar un lugar memorable en el universo de las hazañas humanas.

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Comenzó entonces un delicado esfuerzo de averiguaciones para incorporarse como miembro activo y clandestino de la Quinta Columna del nacionalsocialismo en América Latina. Extraño patriotismo el que inspiraba su bárbara patria para empujarlo a la desgraciada fortuna de querer ser espía de la alianza del Eje. Por suerte, supo de un eslabón influyente que podría facilitarle la ruta para pertenecer a alguna de las células o sociedades secretas de los nazis en Bogotá. Desde hacía algunos años tenía evidencia de que en su población natal de Ulloa existía una finca llamada el Calamar a la que los lugareños bautizaron “el nido del alemán”. Efectivamente se trataba del envejecido prusiano que llegó refugiado a esa región del norte del Valle hacia finales de la primera guerra mundial. Se instaló en una modesta finca con dos hijos pequeños. Uno de ellos, Heriberto, desde muy joven se aficionó junto a su padre al manejo de aparatos transmisores y receptores de radio que diariamente operaba para comunicarse vía onda corta con compatriotas que vivían en el sur de Chile e incluso con funcionarios y agentes en Munich y Berlín.

Aguirre le había perdido la pista a Heriberto Schwartau, pero por su padre tenía información de que el joven regresaba con cierta frecuencia a la finca Calamar y que la precaria logística de antenas y radios había evolucionado a un complejo de antenas cada vez sofisticado. Con esa pista de un alemán experto en comunicaciones de larga distancia, perdido en la profundidad de los farallones de los Andes occidentales, intuyó que era la coartada para acceder a un pasaporte de incorporación a alguna de las células de espionaje nazi. Varios fueron los distinguidos pasajeros del ascensor sobre los que Aguirre comenzó a sospechar podrían ayudarlo a establecer contacto con Schwartau. A los pisos de la suite de la presidencia y al bar reservado acudía con alguna frecuencia un joven fornido, siempre elegante y presuntuoso, quien llamaba especialmente la atención porque a pesar de su juventud y presencia atlética iba siempre fumando una pipa preciosa y aromática. Lo hacía vanidosamente y tras de sí dejaba una estela de rudeza inexpugnable. Su porte era vigoroso, la mandíbula cuadrada y unos ojos claros como los de cualquiera de los militares prusianos tan admirados por Aguirre. La cabeza la llevaba rapada en un deliberado intento por intimidar a liberales y bolcheviques que celebraban precozmente el retorno de la única República liberal, sobreviviente en medio de un fascismo inclemente, mientras insultaban cobardemente las cualidades oratorias de su mentor intelectual, el mariscal Mussollini. No era gratuito el apodo de ‘mariscal’ que se había ganado esta promesa del fachismo criollo y su aspiración política era nada menos que la de convertirse en ‘il Duce’ de Suramérica.

Siempre que Alzate Avendaño subía por las escalinatas del edificio Cubillos y avanzaba hacia el espléndido corredor de mármoles blancos y verde esmeralda, lo hacía seguido por una horda de jóvenes, emboladores y taxistas que lo miraban con ojos frenéticos. Esperaban escuchar alguna de sus memorables arengas racistas contra los pensadores judíos y comunistas ó alguna diatriba contra sus rivales elogiando los triunfos de los ‘camisas negras’ en Italia y las victorias de la falange en el gobierno español. Alzate era un firme creyente en la desigualdad de las razas humanas y un defensor acérrimo del monopolio de la raza blanca en la creación universal de la gran cultura.

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El contacto con el camarada nazi no parecía una cuestión sencilla. Dependía en gran parte de la astucia de Aguirre para maniobrar desde su cuartel general con la finura y el garbo de los espías ingleses que frecuentaban el bar del Royal. Si en el ascensor Aguirre lograba entrar en contacto con el ‘mariscal’ Alzate más allá del saludo, estaría dando un salto épico para encontrar su estrella en el apetecido juego de los acontecimientos mundiales. Finalmente llegó el día favorable para abordar en solitario a don Gilberto. Después de aquel momento los eventos comenzaron a desenvolverse con una fluidez inusual. Ese día el ‘mariscal’ iba sin acompañantes cuando tomó el ascensor en el piso octavo. Aguirre contaba con menos de un minuto para presentarse y rápidamente decirle que quería ser espía para una célula de espionaje nazi, pero se lo debía decir con altura y contundencia. Sin dudarlo, se presentó marcial, retumbando el tacón de sus relucientes zapatos de charol, como un leal suboficial de las milicias clandestinas conservadoras en el norte del Valle. El líder le lanzó de vuelta una ráfaga penetrante como de coyote estepario, escrutándole la mirada hasta la profundidad de sus intestinos. Sin pensarlo dos veces lo persuadieron su expresión pretenciosa y esa obsesión plebeya de pertenecer a un estamento racista que reñía con la naturaleza de sus rasgos y fisonomía. Precisamente era aquel alma de vasallo el síntoma de docilidad más apropiado para una militancia radical. La rabia oculta y contenida convertía a los individuos en sujetos manipulables para dirigirlos hacia al consuelo de la crueldad, aficionándolos al entretenimiento de exterminar ideas, razas inferiores y todas las expresiones degeneradas de la humanidad. Convinieron en que el distinguido dirigente adelantaría las averiguaciones para ubicar a Schwartau y procuraría lo conveniente para que conociera a Aguirre y evaluara la pureza de su compromiso con la causa de la expansión germana.

El camarada nazi era un joven barranquillero hijo de alemanes, quien a muy temprana edad viajó a Hamburgo para adelantar sus estudios. Al terminar la secundaria, ya era simpatizante de las juventudes hitlerianas y se enroló en el ejército alemán. Su aspiración desde los días de la infancia, cuando jugaban al radioaficionado con su padre en Calamar, era la de ser espía, y gracias a su conocimiento del español y el inglés fue efectivamente reclutado para los servicios de inteligencia alemán. En Berlín le fue asignado un generoso estipendio mensual y lo inscribieron en un curso profesional para aprender el código Morse, el uso de claves secretas y el empleo de la tinta invisible. Se radicó unos meses en la Madrid franquista para perfeccionar algunos conocimientos técnicos, y desde allí viajó luego a Argentina y Chile para incorporarse con la constelación de espías en América Latina. En Valparaíso, el agregado aéreo de la embajada alemana Luwig Von Bohlen, lo introdujo con el gerente de una naviera alemana que tenía contactos, que por cierto resultaron ser de gran utilidad, con los puertos de Guayaquil y Buenaventura.

Armado con su transmisor de radio, el espía colombo-alemán regresaría, después de muchos años, a su olvidada Colombia con destino Cali. Ingresó por Ipiales y en muy poco tiempo se instaló en la ciudad entregando información relevante para los submarinos U-Boot que asechaban los mares del Atlántico, muy cerca del Canal de Panamá. Su misión precisa era la de levantar planos aerofotográficos del puerto de Buenaventura y adelantar pesquisas sobre el tráfico de buques que atracaban y zarpaban desde ese puerto. Debía también indagar nacionalidades, perfiles de la tripulación, capacidad de carga, características, destinos y procedencias de los cargamentos. Con estos datos, la fuerza naval alemana podría identificar las rutas de las materias primas que circulaban y la logística y producción de los materiales estratégicos utilizados por los Aliados.

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Alzate era un tipo de una diligencia incontenible y se fascinaba recorriendo el país al que conocía como pocos. Iniciaba sus primeros pinos de una carrera política estelar que lo llevaría hasta la jefatura del Partido Conservador. Sus correrías eran incansables, unas giras llenas de homenajes, plazas públicas abarrotadas de seguidores y banquetes para la novel promesa de la derecha nacionalista. En una de sus escalas por Cali cumplió cabalmente con el ofrecimiento de servir de enlace entre Schwartau y Aguirre. No hubo mayores intrigas ni objeciones para el reclutamiento inmediato del entusiasta campesino. Ambos personajes confiaron en la trayectoria mutua y en una lealtad recíproca por la causa nazi. Aguirre fue vinculado sin dilaciones a una de las células conspiradoras más emblemática y ambiciosa de las múltiples que actuaban en Colombia. Recibió una furtiva bendición de bienvenida en los sótanos de una lujosa mansión de estilo colonial ubicada a pocos pasos del Palacio de San Carlos; era la sede de la flamante sociedad secreta ‘Acción Nacional Militar Católica’. Allí conoció de cerca a destacados altos mandos y a prósperos dirigentes políticos cuyos discursos escuchaba por radio y a los que usualmente ahora podía saludar en el ascensor del banco Royal, como al reconocido escritor y poeta don Lucio Pabón, a quien identificaban como ‘lucía’ en las transmisiones clandestinas de la organización.

Sin duda desde el primer momento de su incorporación, Aguirre se descrestó con la precisión y celeridad con que se tomaban las decisiones. La eficiencia y el pragmatismo daban cuenta de la gravedad y dimensión del futuro que se jugaba durante esa coyuntura, no solo para el país sino para la humanidad. El gobierno liberal tenía la misión casi imposible de neutralizar y eliminar sin contemplación cualquier brote de fascismo que amenazara la estabilidad de las democracias en el hemisferio occidental, pero sobre todo tenía la responsabilidad de ser la cabeza de playa en la defensa de la esfera de influencia del corredor interoceánico más importante de la época. Sin dilaciones y reconociendo las valiosas ventajas que aportaba la ubicación de Aguirre en uno de los bancos extranjeros más importantes de la ciudad, y el hecho de estar laborando en ese espacio íntimo de rumores, habladurías y silencios, lo convertía en un alfil con una capacidad de infiltración envidiable en el electrizante tablero del espionaje.

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Ilustres políticos, célebres empresarios, vanidosos militares, soberbios espías extranjeros, se juntaban todos a una sin prevenciones en el ambiente fraternal del ascensor. Era el momento último de la despedida y los abrazos. Ese instante final de cierre de intrigas, cuando ya solo restaba redondear las murmuraciones antes de que invadieran nuevamente los rayos de luz. En el ascensorista nadie reparaba si él no saludaba, todos lo miraban, aunque la mayoría ni lo veían. Era una sombra marginal que existía solo cuando era menester oprimir botones y mover palancas. Seguramente era otro analfabeta más convertido en prolongación mecánica y sin sentidos del aparato que maniobraba. Pero no sabían que Aguirre tenía las orejas de un elefante y el olfato del más temerario mastín. Su función específica de corto plazo era aportar información sensible para neutralizar las protestas contra la guerra y contra el fascismo. Como aquella de los jóvenes ‘pacifistas’ del comienzo de esta relato que marchaban ilusos, cantando sin entender el tamaño del leviatán que los acechaba. El medidor de su éxito sería lograr tal grado de intimidación que no le quedaran alientos a movimientos estudiantiles y sindicales para seguir saliendo a reclamar reivindicaciones liberales que contradecían los principios tutelares de las sociedades compartimentadas en categorías humanas. El esquema de su acción era usar la fuerza bruta para garantizar seguridad. Atrás, en el olvido, quedarían el derecho y la justicia social. Sería una tarea que cumpliría eficazmente con un nutrido colectivo de bribones asignados para cumplir sus órdenes cuando correspondiera dispersar intentonas ‘pacifistas’ o ‘antinazi-fascistas’ en el centro de la ciudad.

Ya para 1940 cuando Aguirre es incorporado a la sociedad secreta, se han caído todas las máscaras del decoro y el respeto por los derechos más elementales. La brutalidad se desata con toda la furia en actos miserables de humillación. A la luz del día se insulta y se golpea a profesores de pensamiento liberal y se desborda la histeria xenófoba, mientras en Europa los negocios son vandalizados y mujeres y ancianos son apaleados y caprichosamente aniquilados bajo el amparo directo de las autoridades.

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Por eso las intenciones de Aguirre son de largo alcance y le apuntan a un propósito estratégico de mayor calado que limitarse a abusar de manifestantes: quiere contribuir a desestabilizar el régimen liberal y derrocar al presidente en el poder. Ya en Barranquilla se venían fraguando unos intentos golpistas con un importante séquito de militares y curas, nazis confesos y partidarios de instaurar el régimen falangista en el país. Contaban ya con un importante arsenal de ametralladoras pesadas, subametralladoras, explosivos y un considerable suministro de municiones. Aunque ese movimiento fue abortado, en Bogotá no cesaron los esfuerzos de Aguirre y de su célula por urdir el complot contra los gobiernos de Eduardo Santos y de López Pumarejo. La propaganda de panfletos, libros y afiches que encendía pasiones, se imprimía clandestinamente pero su distribución era masiva y acogida con entusiasmo a través de infiltrados en empresas privadas, en entidades públicas, en barrios populares y en los distritos más privilegiados. Esta acogida de la propaganda indicaba que sí había una base de apoyo importante, de todas las condiciones sociales, favorable al propósito de instaurar un régimen filo-fascista.

El siguiente intento para desestabilizar y derrocar a Eduardo Santos tendría como protagonista destacado a Aguirre. A este complot se le identificó con el nombre de ‘Organización Nacional’ y estaba integrado por oficiales del ejército y la marina, sacerdotes, abogados, prominentes personalidades y variopintos seguidores de todas las clases sociales. El plan comenzaba activando la revuelta en las principales ciudades del país mediante mensajes cifrados que divulgaría una popular emisora cómplice llamada la Voz de Colombia. Entre los mensajes que escucharían los conspiradores para iniciar las protestas generalizadas, alguno decía: “El 9 de julio se obsequiará a la Virgen de Chiquinquirá, la reina de Colombia, un cetro de oro por todos los colombianos. Contribuya usted a este homenaje”. Más de 200 miembros de las Fuerzas Militares estaban comprometidos con el golpe y con semejante cobertura se lograría involucrar a una considerable red de batallones en todo el país para copar por la fuerza el control de las principales ciudades.

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Pero el rol decisivo, culminante, lo tendría Aguirre desde el banco, responsabilidad ante la cual no podía ocultar su estremecimiento. El Ministro de Guerra, el doctor Castro, era frecuente visitante del banco cuando se acercaba a manejar personalmente sus intereses privados. Lo hacía una vez por mes, generalmente los martes. La misión de Aguirre era acordar con la secretaria del presidente del Royal una fecha y hora inamovibles para la cita del ministro. Ese día sería el escogido para instalar en el poder al presidente colaborador con la Falange y el Tercer Reich, cuya rutilante fotografía presidía los salones de la mansión secreta. También se involucraron unos ilustres exdignatarios simpatizantes con el golpe de estado, entre los que figuraron los exministros Araújo y Arango Vélez. Ellos llegarían casualmente al banco a la misma hora del Ministro de Guerra. Una vez abandonaran el ascensor, Aguirre los guiaría hacia la suite presidencial para un almuerzo improvisado con el presidente McKay. Solo estando ya sentados a manteles, se activarían entonces inmediatamente los protocolos para poner en marcha el complot. Se desataría una reacción en cadena de eventos que si todas las piezas se desenvolvían sincronizadamente, harían temblar el piso bajo los pies del poder legítimo en un camino al desastre. Lo primero que haría Aguirre sería bloquear el funcionamiento del ascensor y en seguida otros guardas cómplices se encargarían de sellar todos los accesos y salidas por escaleras, sótanos y puertas del edificio Cubillos. Los exministros involucrados se ocuparían de prolongar el almuerzo indefinidamente con una conversación profunda sobre las experiencias existenciales de la coyuntura. La secretaria Raquel bloquearía el sistema de intercomunicación y las líneas telefónicas externas. Así el ministro quedaría incomunicado por unas cuantas horas, convencido de que se encontraba en un agasajo fraternal, transcendente, entre viejos ‘amigos’.

Tan pronto Aguirre verificara que el edificio estuviese completamente aislado con el exterior, se pondría en contacto con la Voz de Colombia para proceder con la divulgación del santo y seña para el golpe. Entre tanto, en Barranquilla, el rabioso y confeso nazi Venancio Ferreira tendría dispuesto al pistolero para asesinar al comandante de la Brigada con el fin de tomarse el control de la base militar del Atlántico con coroneles afectos al levantamiento. Ya el resto sería historia. Se desencadenaría una seguidilla de levantamientos entre los que se incluía el golpe de mayor deslealtad posible contra la patria por parte del mayor Zapateiro, segundo comandante del Batallón Guardia Presidencial, quien desde Palacio asumiría el control de la Casa Militar y pondría bajo arresto al presidente Santos hasta que, consumado el golpe con la nueva cúpula afecta a los golpistas, pudiera entonces asumir la presidencia el dirigente ultraderechista Laureano Gómez.

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Pero con los dados del destino también juegan unos espíritus de opereta que súbitamente se atraviezan con sus escenas ridículas en momentos estelares, para permitirle a la sabia comedia evitar que las tragedias se consuman. A la distinguida esposa del ministro Castro le flaqueó la salud en un santiamén memorable, un trance en el que la suerte de su esposo pendía del hilo de la fatalidad junto con la supervivencia misma de toda una nación. La noche anterior regresaron ciertamente alicorados de una recepción en la Embajada de España y desde que la señora arribó a su residencia y descendió del automóvil sintió un malestar de abdomen que la torturó toda la noche. Ni ella ni su esposo consiguieron descansar por la agitación febril que le producían unos espasmos repentinos. El abrumado ministro sudaba y no la dejó de contemplar un segundo mientras intentaba aligerarle el desasosiego con unos paños calientes que le rozaba delicadamente por el vientre y la frente. Al despuntar el día, en medio de una lluvia pertinaz y un viento cortante de agosto, salieron apresurados al hospital San José, donde a la señora Clemencia le diagnosticaron una avanzada deshidratación por intoxicación.

Lamentó entonces haberse excedido en el consumo de una variedad de tapas, todas exquisitas, y quizás haberse sobrepasado de copas con esa alicorada sangría que servían tan efusivamente. Sin duda nunca imaginaría la cándida señora Castro que semejante frenesí gastronómico, de huevos estrellados con chorizos españoles, mezclados con curtidos quesos manchegos y calamares rebosados en aceite de oliva, tendría unos efectos cósmicos sobre la supervivencia de una frágil democracia. Fue el eslabón inverosímil que descoyuntó sin gloria el suceso de una cadena de eventos fatídicos. De no haberse desbocado en aquella opípara cena franquista, se habrían derrumbado ominosamente las endebles instituciones sobre las garras de la más espantosa tiranía de todos los tiempos y, por qué no, quizás alterado el curso de la Segunda Guerra Mundial.



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Ana Silva Cordero

Navegando por las corrientes de la información con pluma en mano y pasión en el corazón, soy Ana Silva Cordero, una Experta en Composición de Artículos que convierte ideas en historias cautivadoras. Mi paso por la Universidad Complutense de Madrid afinó mi pluma con el pulso de la sabiduría. Como una tejedora de palabras, mis escritos viajan desde las noticias internacionales hasta los entresijos de la política global, desde los engranajes de la industria automotriz hasta los horizontes de los medios digitales y, con una pasión que late en mi ser, hasta los compases de la música. Cada palabra es una pincelada en la tela de la autenticidad, entrelazada con la fibra de la transparencia. Únete a mí en este viaje donde las letras se convierten en emociones, donde la política mundial se entrelaza con la velocidad de la industria automotriz y donde los acordes musicales nos guían en cada página.

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