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El mundo iluminado | De cenizas un árbol – El Sol de Puebla


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Todo se desgasta, así ha sido desde el inicio, aunque a veces no nos lo parezca. Se desgastan las piedras y todavía más el polvo que de éstas queda. Se desgastan los animales, tanto que incluso algunos han desaparecido para siempre. Todo lo que se desgasta lo hace para siempre y por eso es imposible que del polvo de las piedras se hagan nuevas piedras, o que de los huesos de los animales se hagan nuevos animales. La forma original de las cosas y de los seres, no es más que un sueño que todos soñamos al unísono. También nosotros nos desgastamos, perdemos nuestra forma y, un día, desaparecemos. Creemos que somos tan importantes que la idea de que algún día el mundo pueda existir sin nosotros nos parece ridícula, pero la realidad es, como ya lo sabemos, que el mundo es mundo con o sin nosotros, pues, en términos cósmicos, no hay diferencias entre nosotros y la mota de polvo que se desprendió de la piedra erosionada. Todo se desgasta, incluso el sol que, aunque siempre nos parece radiante, resplandece cada vez con menos fuerza; sí, el magnánimo astro carga con la misma condena que nosotros, entonces, para qué tanto amor, alegría o angustia si nada prevalecerá en el universo.

Toda la tecnología que nuestra especie ha desarrollado persigue, en última instancia, el mismo objetivo: prevalecer más años sobre la tierra y en la Tierra. La tecnología de guerra, la de construcción, la de la ciencia médica, la ambiental y las demás buscan que los más aptos y fuertes prolonguen su existencia y la de sus congéneres. La estadía en este planeta es un acto de supervivencia en sí mismo, pero a diferencia de otros animales que pueden luchar con garras, dientes, corazas y venenos, nosotros no somos más que monos desnudos con una cabeza llena de ideas, las cuales, bien empleadas, nos pueden llevar a dominar a nuestro entorno, mientras que si son mal empleadas, nos pueden conducir a cualquier forma de autodestrucción, siendo la menor el ocio, que si bien es necesario, nuestra sociedad lo ha convertido en un camino de vida.

En cuestiones de supervivencia, nuestro cerebro es lo más valioso que tenemos, pues en él nacen nuestras ideas. Nuestro cerebro es una cámara oscura, pues los rayos del sol no la tocan, pero que al mismo tiempo se ilumina con la luz de la consciencia. En la oscura cámara de nuestro cráneo, han nacido las más bellas reflexiones de la historia, como también los más cruentos pensamientos. Nuestra cámara de reflexiones se asemeja así a un tablero de ajedrez en el que las polaridades se manifiestan. Cuando los blancos de la consciencia son equivalentes a los negros de la pereza y se manifiestan, por tanto, ordenadamente, hablamos de que el escenario de nuestros pensamientos posee un bajo nivel de entropía. Por otro lado, cuando los blancos y negros de nuestra cámara de reflexiones son desiguales y desproporcionados, hablamos de que el nivel de entropía es elevado. La entropía, en términos sencillos y, por tanto, imprecisos, se refiere a cuánto caos o desorden hay en algo y este caos o desorden suele ser consecuencia del desgaste, aquel que se manifiesta en toda cosa y entidad, en todo aquello sujeto a la materia.

Los pensamientos ordenados (poco entrópicos) nos han llevado tener buenas ideas, de las que nace la tecnología que hoy nos permite vivir más años, mientras que los pensamientos desordenados (muy entrópicos) nos han llevado a tener malas ideas, como la de creer que es sano depender para todo de la tecnología, principalmente de aquella denominada “Inteligencia Artificial” (IA). Es por el pensamiento que nuestra especie alcanza su libertad, y es por la renuncia al pensamiento que nuestra especie obtiene su esclavitud. Hoy, un considerable número de personas se niega a pensar y prefiere delegar todo a la tecnología, principalmente a la que opera mediante una inteligencia artificial. Esta pereza intelectual es una manifestación de la entropía, del desgaste, del no saber cómo mantenerse dentro de las posibilidades del orden. Cuántos de nosotros no le han confiado todo o casi todo a la inteligencia artificial. Esta renuncia al razonamiento tiene consecuencias graves. Nuestra sociedad ha llegado a un modelo insostenible en el que las máquinas se perfeccionan y trabajan, mientras que los humanos pierden el tiempo y se embrutecen, y terminan sirviendo a la tecnología, cuando debería de ser al revés.

El escritor Isaac Asimov publicó a finales de los años 60 del siglo pasado un memorable cuento titulado “La última pregunta”. La trama es sencilla, si se lee superficialmente, y mística, si se lee simbólicamente. El cuento inicia en el año 2061 y se conforma de siete vivencias, cada una separada de la otra por miles de años, en la que la historia es la misma: un grupo de personas tiene una computadora que funciona con inteligencia artificial que puede resolver todo, excepto cómo evitar que la entropía desgaste a la materia, en otras palabras, cómo evitar que la materia se siga desgastando, pues llegará un día en el que todas las estrellas del universo se habrán apagado y ninguna forma de vida será nunca más posible. Las supercomputadoras del cuento, en cada historia, se van superando una a la otra, intentando hallar la solución al problema de la entropía, lo cual es imposible porque la entropía no puede resolverse con inteligencia, sino sólo con consciencia, por lo que la solución llegará cuando se construya una consciencia artificial capaz de interpretar toda la información del universo.

No se dirá aquí el final del breve relato. Lo que sorprende es la visión que su autor, a mediados del siglo pasado, tuvo para prever la llegada de un tipo de inteligencia que, por su artificialidad y apertura a la sociedad en general, indudablemente repercutirá negativamente en la salud mental de una sociedad cada vez más subordinada a lo que en principio debería ser una herramienta. Nuestros tiempos están marcados por el hecho de que casi nadie es capaz de despegarse de sus dispositivos móviles, dispositivos en los que en su mayoría sólo se consume ocio. La entropía nos desgasta, nos lleva al caos, y tontamente pensamos que todo tiene remedio, que el polvo vuelve a ser piedra, que los años vuelven y que se puede hacer de cenizas un árbol.



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Ana Silva Cordero

Navegando por las corrientes de la información con pluma en mano y pasión en el corazón, soy Ana Silva Cordero, una Experta en Composición de Artículos que convierte ideas en historias cautivadoras. Mi paso por la Universidad Complutense de Madrid afinó mi pluma con el pulso de la sabiduría. Como una tejedora de palabras, mis escritos viajan desde las noticias internacionales hasta los entresijos de la política global, desde los engranajes de la industria automotriz hasta los horizontes de los medios digitales y, con una pasión que late en mi ser, hasta los compases de la música. Cada palabra es una pincelada en la tela de la autenticidad, entrelazada con la fibra de la transparencia. Únete a mí en este viaje donde las letras se convierten en emociones, donde la política mundial se entrelaza con la velocidad de la industria automotriz y donde los acordes musicales nos guían en cada página.

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